La sala era
cutre,
fea y muy, muy
cara. El suelo sucio y pegajoso, los servicios apestosos y
sin cerrojo. (Algunas fuentes apuntan a que se pudiera deber a las reiteradas quejas de las sociedades protectoras de animales por la dificultad de movimientos que tenía en la sala la abundante colonia de ratas que allí habiota) La bebida, aparte de la carísima cerveza, era de elaboración propia. Esa pócima intragable parecía tener mucho más que ver con el agua de fregar los servicios que con la ginebra Beefeater. ¿El público? En su mayoría una colección de jipis perroflautas que se dedicaban a intoxicarnos fumando sus apestosas drogas ante la pasividad de la sala. Aparentemente, los responsables
permiten el consumo de sustancias ilegales dentro de la sala, siempre y cuando estas sustancias afecten debidamente a las personas de alredor.
La sonorización fue lamentable y la actuación pobre y muy corta. De asco, no llevaba dentro ni media hora, cuando un gorila que atendía, si no recuerdo mal, al nombre de
Andrés, me invitó a abandonar el local por un quítame allá esas pajas, mientras los jipis se cuadraban unos canutos de tres papeles delante de sus narices. Recuerdos a su familia.
Pues eso, que recomiendo a todo aquel que lleve idea de ir al antro ese, que se lo piense dos veces. Sale a 5€ un botellín de 20 cl ¡25€ el litro de cerveza! Menudo timo.
Por cierto, al lado hay un bar llamado
la Taberna de Moncloa, cuyos camareros son la mar de simpáticos, suena buena música de fondo y tomar una jarra allí es un placer. Si alguna vez teneis la desgracia de tener que ir a la Copérnico, pasad olímpicamente y quedaros en éste tomando unas cervecitas y unas tapas.