Tras siete horas y media de autobús, dos
smarties embarcados en el vehículo de un tipo que, a juzgar por su conducción, antes de los autocares de línea se dedicaba al
Nascar, llegamos a Coruña. No costó nada dar con la pensión, que, para nuestra sorpresa, estaba al lado del bar de las
warm ups y a un tiro de piedra del
Playa Club, lugar donde serían las
allnighters.
Tras dejar los trastos en la pensión, nos fuimos al percal. Taburete, cerveza, y tras un momento, descubrí horrorizado que mi pierna se movía sola. ¡¿Qué demonios estaba haciendo esta gente?! Acostumbrado a no oir nada presentable hasta, por lo menos, las 23:00 en Madrid, estaba siendo bombardeado por un rompepistas detrás de otro. No se les escapó nada malo ni de casualidad. ¡¡AAaaarrrrgh!! Aguanté la compostura como buenamente pude, esperando desahogarme en la fiesta que empezaría a las 24:00. Intrigado por la aparente pasividad ante aquellos sones de la concurrencia gallega, averigüé que en Pontevedra, ahí donde la ves, pinchan semanalmente estas cosas.
Menos mal que no tuve que esperar mucho para desahogar todo el
boogie que llevaba en el
bone, y en la primera fiesta
allnighter empezaron a caer pepinazos musicales como para parar un tren, en un local cuyo ventanal daba a la playa, con las copas a precios irrisorios, y en un ambiente estupendo. Los recuerdos son vagos, pero algo recuerdo de unas conferencias paralelas en el servicio, donde los numerosos ponentes disertaron sobre diversas cuestiones estilísticas.
El segundo día, tras una comida, (hablando con propiedad, una bebida) donde los únicos aparentemente de comportamiento normal eran los camareros, se degustaron cevezas y sangrías acompañadas de platos de la tierra, que a maś de uno le hicieron anhelar un
tupperware, para momentos menos resaquiles. Pudimos comprobar el acuciante problema de la sequía en Levante, ya que el único desplazado desde Valencia aprovechó la comida para acumular todas las reservas hidrológicas que pudo, en detrimento de comida, cerveza y sangría. Tras esta comida, y ya medio recuperados, nos pusimos guapetes y al
Soho otra vez. La música en la misma línea que el día anterior, pero con el agravante de que eran las 17:30. Evidentemente, pese a mi entrenamiento en varios monasterios de Shangri La, cedí y tuve que moverme. O eso o reventar. Buenos, buenos, buenos. La segunda fiesta
allnighter, pese a contar con más asistencia, parecía un poco más floja, aunque los DJs seguían pinchando un trallazo tras otro. Pero vamos, que la resaca no tenía nada que hacer con lo que se cocía en la cabina.
A las 10000 de la mañana y sin saber muy bien como, empezaron una suerte de
dancing battles por doquier, con exhibición etílico-acrobática de northern soul incluída, con más ganas que estilo, y más alcohol que cabeza, que vi hacer un par de figuras y me flipé. Pero después, no tuvieron otra ocurrencia mejor que arrancarse con el
Guns of Navarone. ¿Qué os esperais? A saco con ello y con todo el ska que se les ocurriera poner.
El orden en que pincharon, ni lo que pincharon, ni idea. Recuerdo con precisión el comienzo del primer
warm up, y desde ahí la cosa se difumina bastante, con momentos de más y menos lucidez.
Domingo de resaca, de evaluar los daños, y de pasar la tarde de cañas en la playa, porque el cabrón del autobusero no salía hasta las 22:30, y encima, al subir descubrimos aterrorizados que volvía a ser Emerson Fittipaldi el encargado de llevar el bus. Una noche de bus, y a las 6 y pico del lunes en Madrid. MEreció la pena, aun con las rulas que parecen plastilina.
Se puede resumir en dos palabras, A Cojonante, como A Coruña.